La poética del riesgo

La poética del riesgo es el primer libro de Dani Olivar.

 

Daniela se bautizó DaniO, con la certeza de los que se hacen a sí mismos. Cuando llegó a Montevideo de su Rocha natal, vivía en una pensión de mujeres y gastaba todo el dinero que hacía cuidando niños en libros que devoraba sin pruritos tirada en la cama. Si le venía mucha hambre, se quedaba dormida.

En el laboratorio de la Facultad de Artes aprendió de impresiones fotográficas con químicos que ya ni existen. Escribe textos que pasean entre la locura y la muerte, el futuro incierto y el placer de un niño que juega con hojas marchitas en la vereda.

Su viaje iniciático fue en un bondi que cruzó la cordillera y medio Chile hasta depositarla en la costa pacífica. En Las Cruces, el tesón la sentó junto a la cama de Nicanor Parra: “Cuñataí, yo tenía una hermana que cantaba muy bonito”. “Voy y vuelvo”, respondió ella. Y se fue.

De nuevo en Montevideo tuvo otra idea: además de editar textos ignotos de Felisberto Hernández; con su Proyecto Casa Ajena le lee a gente ciega o con baja visión que le abre su confianza. Todo el tiempo busca un trabajo para sobrevivir a la vida de artista y cuando se agobia mucho, se acuesta a dormir.

 

(Texto de Eliana Gilet, publicado en el portal Distintas Latitudes)

Pólvora

Pólvora es el segundo libro de cuentos de Germán di Pierro. El primero fue Aparato Reproductor (Yaugurú, 2010) editado también en Argentina por La Vaca Mariposa en 2013.

HEY!!
p: ¿Por qué escribiste este libro?
z: Estuve buscando trabajo y hacía lo imposible por quedar. Me pasé días enteros esperando llamadas, busqué referencias, hice cosas de locos y hasta mentí. Un día me di cuenta que todas esas aventuras eran divertidas y traté de transformarlas en cuentos.
p: ¿Qué querés decir con él?
z: ¡Es terrible todo lo que terminamos haciendo por conseguir algo! En el libro hay situaciones reales y otras exageradas o inventadas, como el candidato que le canta un bolero al director para que lo contrate o el paranoico que cree que le van a robar.
p: ¿Te gustaría agregar algo más?
z: Espero que los que lo lean se diviertan como yo me divertí cuando lo escribí. Y quiero aclarar también que en la parte que lo ataca con el cuchillo en realidad no lo ataca, sino que eso es lo que le parece a él, lo que el miedo le hace creer.
p: ¡Gracias!
z: ¡Ojalá te guste!

 

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Animales que vuelven

Animales que vuelven es el primer libro de Gonzalo Baz. Horacio Cavallo escribe un breve prólogo sobre el.

Algo está a punto de derrumbarse, de ser consumido por el fuego, o arrastrado por la inundación. Amores en decadencia, padres terribles y madres manipuladoras, roedores que respiran dentro de las sombras, y vecinos que construyen sus vidas del otro lado de las paredes; un grupo de pendejos con un 32, un idiota a cada lado de su madre, dolores de miembros amputados, travestis con perrito, artistas del hambre y retratos de mujeres dormidas. Todo se lo lleva el agua. El agua que corre entre dos países, que cae sobre las calles de Sao Paulo y las de Montevideo, que limpia y arrasa.

Los personajes de Baz se quedan a dar vueltas dentro del lector cuando el libro ya está cerrado. A veces oyen samba, fuman sin ganas, o escuchan venir algo desde muy lejos que retumba en la noche.

Conocí a Gonzalo Baz escuchándolo leer una primera versión de Tieté, relato que integra este volumen. Me dio gusto entonces descubrir su capacidad de crear climas e imágenes perdurables, pero sobre todo la preocupación de contar una historia desde las entrañas, sin reparar en poses o modas. Un tiempo después celebro la aparición de Animales que vuelven, este primer libro –seguro, de una larga serie- de un narrador muy efectivo.

Horacio Cavallo

 

Foto de tapa: Cyntia Trafi

Arte de tapa: Dani Olivar y Serigrafía 1985.

#3 / Toda la verdad sobre la organización social de las abejas

Pez en el hielo presenta una nueva edición de #. Cuatro nuevos escritores: Santiago del Valle Dávila (Chile) con ilustraciones de Diego Bonilla, María Eugenia Trías, Gonzalo Cousillas y Mariana Figueroa.

«…Me dieron esta cámara. No tengo la menor idea de cómo usarla. No tengo punto de comparación para determinar su calidad técnica; y mi ojo inmaduro quiere apuntar el lente a todas las cosas y a ninguna, quiero meter una calle completa en un marco, luego cubrir mi vista para salvarme de los horrores del mundo; quiero retratar el inmenso cuerpo desnudo y también la yema de unos dedos restregando una arruga. Quiero hacer todo esto y aunque no puedo, soy testarudo porque soy joven y no tengo la menor idea de cómo conseguir un enfoque…»

Santiago del Valle Dávila

 

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Diego Bonilla

 

«…Todos nos servíamos del vino púrpura que estaba en la heladera. Entonces las salivas resbalaban por nuestra bocas, gotas de transpiración caían sobre el suelo, las manos golpeaban la mesa dejando marcas de sudor, ese líquido agrio y espeso, los vasos chocaban y las paredes se manchaban en rojo. Nuestras lenguas resbalaban intentando conformar algún sonido. Después nos reíamos en fuertes carcajadas que nos hacían retorcer el cuerpo, quebrabamos el piso con patadas de gracia y golpeabamos las costillas del otro con los codos, nuestras vidas temblaban, las bocas se abrían y cerraban mostrando el agujero negro que alcanzaba nuestras vísceras y los pocos dientes que asomaban sobre las encías resplandecían en el medio de esa oscuridad…»

María Eugenia Trías

 

«…Hace trece días, el cordón de mi zapato derecho comenzó un proceso emancipatorio. Cuando me arrodillé a atarlo, me di cuenta que no era un simple cordón desatado. Decidí no intervenir, dejarlo que haga lo que quiera. En esos días estaba manteniendo una política de no intervención sobre algunos objetos para compensar de alguna manera la incontable cantidad de materia que transformaba en mi taller. Anduve dominado por los impulsos que me decían qué objeto secuestrar para convertir en pieza de arte y que objetos de manipulación cotidiana abandonar a su suerte…»

Gonzalo Cousillas

«…De cualquier manera, Manuel eligió no mirar el cuadro. No supo si por respeto, por algún flash supersticioso o por no tener que estar pensando cuánto faltaría para que Joaquín se tranquilizara. Pero lo cierto es que había algo bastante perturbador en el rostro del niño llorón, que no despertaba en el incrédulo Manuel un temor definido hacia algún hecho sobrenatural, pero sí una suerte de angustia etérea, como si Bruno Amadio le hubiera insuflado quién sabe qué herida inmaterial, en una acción despojada de conciencia y por lo tanto, temible. Por suerte, Joaquín lo interrumpió…»

Mariana Figueroa

 

 

 

 

 

 

Rivothriller

 

 

Segunda edición del poemario de Zaría Abreu, poeta y dramaturga mexicana autora de Knock out: 2009, Qué importa: 2009, Mientras dure la caída: 2017 entre otros trabajos que exploran poesía, dramaturgia y ensayo.

 

SOBRE YO, MI Y LAS OTRAS

Bebo de todos los frascos, únicamente porque dicen “bébeme”, y luego me quedo atorada dentro de casas enormes, saliéndome los brazos por las ventanas, para, minutos después, no alcanzar siquiera la altura de la mesa. Enredadera que crece tropezándose con todo lo que toca. Muchas, muchas veces, velero a la deriva. Alcohólica sin remedio, fumadora compulsiva. Enemiga acérrima de todos los relojes. Enamorada de todos los varones en 150 kilómetros a la redonda, esperando, que esto venga de regreso. Despertando kafkianamente en ocasiones, convertida en una enorme araña que devora los ojos de todas las muñecas, los calzones de corazoncitos, los poemas cursis de Amado Nervo. Lagrimas-veneno. En búsqueda constante de los mil ojos de Argos, enamorada no correspondida del silencio, hoyo negro atragantado de galaxias. Hambrienta. Nativa del desorden. Terremoto. Mujer fatal, con un oso de peluche en el brazo derecho y un cuchillo en el seno izquierdo. Decidida y orgullosamente hija de Lilith, desertora de Eva.

 

#2 / Ya llamé a la policía

«En este #2 / Ya llamé a la policía te presentamos cuatro escritores, Carmen Ruiz, Mariano González con ilustraciones de Ernesto L. Galbán, Diego de Ávila e Inés Durán con texto y fotografías.

 

«…Ha sido difícil, fue a decir él, pero ella había agarrado ya el envión para decirlo todo, ahora o nunca, así que no pudo interrumpirla, no cabía más que escuchar callado esa cascada mansa de tristezas y verdades manando de una vez. No sé del todo qué fue, dijo ella, si fue el agobio, si el cansancio sin tregua, si lo que hablamos el día antes que Cristina se muriera, si el accidente hubiera sido solo un accidente si no fuera por mi historia, no sé qué me pasó, pero lo cierto es que me enamoré de Ella. No puedo más.

Me enamoré de Ella.

Lo escuchó escucharla, repetir incrédulo lo que oía, sin cambiar el tono, sin furia, casi con piedad. Era como meter la cabeza en la boca del león, sentir su aliento, su mansa sorpresa.»

Carmen Ruiz

 «…De chico, me pasó que no sabía andar en bicicleta. Nunca pude explicar con claridad este vacío tan estructural en la experiencia infantil de una persona. Alguna vez mi padre o algún amigo del barrio intentaron enseñarme, pero nunca prosperaban esas tentativas. Siempre pasaba algo, o a la bicicleta se le pinchaba una rueda (suceso bien poco frecuente, salvo para aquellos signados por un extraño ensañamiento del azar) o directamente, no había la tal bicicleta, sin la cual las lecciones no pasaban de postulados teóricos totalmente despojados del maravilloso y didáctico mundo de la experiencia. Así fue pasando el tiempo, y yo me fui ocupando en otros menesteres de la vida imberbe. Cuando ya había alcanzado la mayoría de edad, y la curiosidad y la vergüenza me empujaron otra vez a intentar suplir ese bache en mi historia, tomé la primera bicicleta que encontré y me monté en ella con la valentía, y hasta la ceguera, de un conquistador…»

Mariano González

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«…Algo anda mal. A veces estoy borracho, me pongo a escribir y hago cosas tan raras, que no tengo la menor idea qué está pasando. Pero si lo leo antes de irme a dormir es como si hubiese tenido un sueño. Cuando lo interpreto, por más que haya muchísimo sol en el texto o sea muy feliz, me pongo triste. Es como si el sol fuera el sol del desierto, donde no estoy seguro hacia qué lado ir. O como si la felicidad fuera la de un after de domingo, a la seis de la mañana en la Puerta negra, donde ya es demasiado tarde para ser feliz…»

Diego de Ávila

«…Un chistido al guarda me une a la similitud de lo ajeno en perpendicular a lo rancio. No quisiera nombrar al gordo puto pero debo hacerlo. Ensuciando su nombre. Hablando desagradable con su puta entre las piernas. Vociferando imbécil con su papel en falda. Contando los premios y los agujeros en los zapatos que alguien supo remendarle para que fuese luego un asqueroso desagradecido de la vida. Para él la poesía. Nada…»

Inés Durán

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Vicente habla al Pueblo

Vicente Luy es autor de los libros de poesía Caricatura de un enfermo de amor, Aviones, No le pidan peras a Cuper, La sexualidad de Gabriela Sabatini, ¡Qué campo ni campo! y Poesía popular argentina. Referente de la nueva poesía argentina. Vivió en Córdoba, autobiográfico en extremo, en su obra da cuenta de una existencia que visita con la misma frecuencia la tragedia y la felicidad, y pinta el presente con cinismo, ironía y sentimentalismo.

¿Qué es la poesía?
¿En teoría? La única ciencia que se ocupa del problema. Pero, sólo en teoría. Hay poemas para tirar para arriba. Todo mundo escribe. Pero faltan poetas.

Controle el pueblo sus ingresos.

No estoy diciendo que crea en Dios

o que haga yoga.

Digo que controle el ciudadano las cuentas públicas.

No hay bienes materiales y bienes espirituales.

Hay bienes.

Eso puedo discutirlo con quien sea y salir bien parado.

Por eso digo:

controle el pueblo sus ingresos.

/ Vicente habla al pueblo / 

Vicente Luy

Fotografìa de tapa: Ernesto Àlvarez

Arte de tapa: Dani Olivar y Ozo

Pez en el hielo ediciones – Reducto – 2016

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