Ingresamos al imaginario de Fer Henry por una de sus puertas: la poesía. La misma que ya se había abierto con su primer libro Cántico de los delirios (2016). Hay otras puertas por donde acceder a su universo creativo: su música, sus pinturas, sus dibujos, sus canciones, sus cuadernos de ruta, la sensibilidad reflexiva de sus conversaciones. En este segundo libro, El hogar solar, encontramos una obra que, formalmente, está constituída por veinticuatro poemas ─algunos de ellos ya musicalizados por el autor─ y once ilustraciones.
La muestra, a nuestro humilde parecer, es una cantidad justa y equilibrada de textos, ilustraciones y algo más; donde se conjugan diversas formulaciones estéticas, que van desde el poema impreso, impoluto, a las ilustraciones solitarias, y a partes de su cuaderno de ruta ─un potente ensamble de textos manuscritos e ilustraciones, con una técnica delicada y exquisita, donde se percibe un plano más sutil de la información meta-textual─. El lápiz, el pincel, la púa de guitarra, son variantes modernas de la vara del Mago, del caduceo hermético o de la sonaja chamánica.
Aquí encontramos el verdadero Hogar: la cocina del poeta. Esa línea en el verso que es como un sendero salvaje y accidentado, un rastro solitario de hormiga hiperestésica, una duda marchando a lomos de la mancha y la tachadura, y algunas palabras que buscando un lugar de luz, se quedan en una zona, sin tiempo o con todo el tiempo del mundo, sin un lugar o en un no-lugar. Hay casos en que la ilustración se integra al texto, como un objeto único. Nos remite a algo así como una forma nueva de antigüedad por conocer, que no es otra cosa que una costura arcaica en un traje nuevo para la Resistencia. / La línea pentagramada bordada con el filo de las estrellas /.
El hogar solar, sin dudas, es un título íntimo y cósmico a la misma vez, ─lo que comparte con la esencia de todo proceso alquímico─. Preguntas macrocósmicas encuentran (trovan) respuestas microcósmicas y viceversa: / Dendritas en oración universal /.
Hay interrogantes que llegan tras la poesía de Fer Henry. Las atávicas, las de siempre, las inabarcables: ¿venimos del agua, de la piedra, de la palabra o vamos hacia ellas? ¿venimos del viento, del fuego, del cardo o vamos hacia ellos? Ellas, son la parte enamorada de ese Resistir. / Traían libros donde el génesis de sus pueblos se reducía a un vocablo /.
La búsqueda sigue en los zurcidores de lugares difíciles y de altura / fui el asma que tiñó los cielos el primer día de la creación /, como tras las fibras de nuestro linaje solar, en llamas, donde lo ancestral ─por decantación natural, o mejor dicho, de cantación sobrenatural─, se vuelve presencia constante, / la misa de los soles / una oración de luz /, se vuelve templo intermitente, contemplado a través del verdor de las palabras, se vuelve imprevisible, como la forma del fuego del íntimo Inti que salta de rama en rama, de verso en verso.
El lugar donde, amablemente, llega la luz y donde las cosas transmigran son ideas recurrentes en los discos solistas de la cantera del autor: Corazón sonoro, (2002); Ofrenda,(2006); Para iluminarme, (2009); A gift for friends, (2012); Ellos, (2013); Del asma, al útero, al coral, (2014); Los pájaros prehistóricos, (2018); La región favorita, (2020).
Decir El hogar solar, seguramente, nos lleve a pensar en el astro Sol, en esa divinidad que fue para muchas civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad. Pero… ¿y la Luna? ese diseño ancestral, que ha estado desde tiempos inmemoriales en nuestras canciones y poemas. A veces, simulada detrás de una cúpula o de un ladrido: / El del ladrido lunático / […] /El lobito Nerón. / No hace mucho dejó su cuerpo, / la casa de mis viejos, / el complejo /. La zona del planeta que irradiaba su luz / ¿Acaso no es un genuino Hogar Solar? La pequeña casa nocturna, donde, sistemáticamente, la luz se acuesta a morir, es decir, a soñar y esperar.
Omar Tagore